Coahuila, tarjeta roja para Morena o dignidad a bajo costo || La noche de los nahuales

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Benjamín M. Ramírez

Coahuila es experiencia, advertencia, laboratorio de prueba, alerta, amenaza, diagnóstico o certeza. El resultado electoral del domingo pasado es descalabro, porrazo, goliza, paliza, distracción de la opinión pública, convenio o concertacesión; quizás, arreglo.

Coahuila, desde mi lógica, es perder para ganar o, para decirlo con Juan de Dios Peza en “Yo soy Garrick” —el arte de reír llorando—: ceder para avanzar, simular para preservar.

En Coahuila, el de los Moreira, no solo revivieron las viejas prácticas de antaño y sus fantasmas: evolucionaron. La libretita y el palomeo a mano fueron sustituidos por bases de datos, el dedo con tinta indeleble por códigos QR; la operación con piedritas por la inteligencia artificial y geolocalización en tiempo real. Todo es un retorno a la operación mapache, pero con tecnología de punta.

Coahuila es la muestra clara de la resiliencia política del viejo régimen, de las estructuras que aún sostienen al sistema político mexicano, en cuyas bases descansa el segundo piso de la transformación.

Coahuila es continuidad estructural o la evidencia de la preservación de viejas prácticas bajo la mirada escrutadora de la inteligencia artificial. El carro completo para el PRI es un mensaje: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

Coahuila es simulación, es perorata, es aguantar el dolor teniendo en el bolsillo el analgésico a base de morfina. En suma, Coahuila fue ceder teniendo la posibilidad de prevenir e intervenir, a sabiendas del catastrófico resultado.

El carro completo para el PRI no se operó el día de la elección, el pasado 7 de junio. Comenzó antes, con método, con disciplina, como una operación de Estado. No puedo comprender el resultado sin asumir que Morena lo permitió, haciéndose a un lado, cediendo el balón en el área chica o en el manchón penal, y jugó sin el arquero bajo los tres palos. Y todavía me atrevo a pensar que Morena ni siquiera se replegó en su cancha, simplemente no salió a jugar.

En Coahuila se fraguó una elección de Estado. No encuentro otra explicación. El PRI afinó la operación tamal, el ratón loco, la operación carrusel y llevó al extremo la perfección de la operación mapache.

Refiero, como anécdota que, en las elecciones locales en mi pueblo, mientras realizaba la cobertura del proceso, una persona muy estimada me pidió la agenda del partido contrincante. Respondí respetuosamente que no podía compartir dicha información porque no me parecía correcto. Me comentó que no tenía por qué preocuparme: la intención era no chocar, empatar o coincidir en territorio con los equipos de campaña y así evitar contratiempos.

En otro momento, detecté en el equipo de campaña del candidato a gente infiltrada, incluso dentro del búnker, ahí donde se tomaban las decisiones más delicadas. “No se preocupe”, me dijo ante la advertencia; “gana el juego quien es capaz de predecir, aun con el enemigo en casa. Nosotros también infiltramos”.

En Coahuila, quizá no se embarazaron las urnas ni se manipularon las actas al final del cómputo; pero sí se hizo uso de prácticas clientelares del voto: compra de sufragios a través de códigos QR, obstáculos para la instalación de funcionarios de casilla capacitados por la autoridad electoral. Como antaño, imperaron la amenaza, la coacción, la retención y detención ilegal, las “casas amigas”, los movilizadores y la desmovilización masiva; se obstaculizó a la oposición, se hizo uso faccioso de los medios de comunicación, un uso desmedido de redes sociales y el uso clientelar del Estado. Supieron dónde apretar y dónde soltar.

Si en Coahuila el fraude es un hecho, este se operó desde las bases seccionales: en listas de simpatizantes, en llamadas telefónicas que “amablemente” invitaban a votar por determinado candidato, en la amenaza de perder apoyos y programas sociales, en una red de operadores y captadores del voto, en la explotación de las necesidades de los más vulnerables y en la alteración del voto efectivo con efectivo.

Es y será siempre una vergüenza vender la dignidad del voto por doscientos pesos que, desde mi punto de vista, representan la mitad de una jornada de trabajo, dinero que nadie otorga gratuitamente en tiempos de escasez.

Coahuila le mostró la tarjeta roja a Morena y lo expulsó en el primer partido rumbo a 2027.

En suma, en Coahuila, Morena perdió por default: no se presentó a la cancha. Se retiró antes del pitazo inicial, dejó jugar al contrincante y perdió por goliza.

En Coahuila, Morena renunció a ganar.

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