Del ¿y si sí? A la maldición del “ya merito” || La Noche de los Nahuales

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Por Benjamín M. Ramírez

El resultado ha caído como un balde de agua fría en la estentórea realidad mexicana. No hubo festejos, sólo atisbos de un marcador adverso que difuminó los sueños de quienes esperaban un milagro en los últimos minutos. Ni siquiera una jaculatoria a Tláloc, que propició el tiro penal marcado en contra del seleccionado inglés, logró que el equipo mexicano pudiera remontar el marcador. Ya la suerte estaba echada. No hubo milagros, ni sorpresas, ni el “ahora sí, va la nuestra”.

Simplemente, nos quedamos en el “ya merito”, “ahí para la otra”, “en el 2030 va la revancha”, “hay futuro en los jóvenes que integran la selección”, “pero dieron un partidazo”, “dejaron el alma en la cancha”, “es que se trataba de un gigante llamado Inglaterra”, “ahora a buscar otra selección a quien irle”. Lo cierto es que el dicho popular se cumple: “jugaron como nunca, perdieron como siempre”.

Sí, acariciamos la posibilidad de quitarnos de encima la maldición del quinto partido, pero ni los brujos de Catemaco, ni las visitas a Chalma — y a Chalco— o las plegarias en la misa dominical hicieron el milagro. Tal como sucediera en 1986, frente a Alemania —recuerdo con vehemencia cómo le rogaba a Dios, en plena misa, por un milagro—, pero creo que a Dios no le interesa el balompié. El domingo pasado fue con Inglaterra y tampoco Dios quiso escuchar.

Yo creo, y soy partidario de ello, que la selección logró lo que siempre ha conseguido. Hasta ahí, nada más. Hasta ahí llegó su sueño por el campeonato mundial.

La realidad es más dura de lo que se puede apreciar: en el seleccionado nacional se conjugan muchos de los elementos multiculturales que reflejan la idiosincrasia del mexicano, los cuales pueden sintetizarse en las frases expresadas en líneas anteriores o en los clásicos refranes o dichos populares. La suma de todos los egos, una ventana de oportunidades para los jugadores cuyo valor o cotización se disparó, el entretenimiento como control social y el reflejo de que los traumas siguen presentes —grande con los pequeños, pequeño con los grandes— se vieron reflejados en el resultado adverso y en una selección que se vio mermada, apocada, después del tercer gol.

Supongo que entre los 7, 495,190 hombres de 18 a 24 años, los 4, 960,111 hombres de 25 a 29 años o los 4, 710,413 hombres de 30 a 34 años habrá 11 que puedan pegarle bien al balón. Sólo es cuestión de buscar.

Es necesario decir que el mundialito para un país chiquito ha quedado a la medida. Porque el país grita más fuerte la palabra gol, que el reclamo de las aguas nauseabundas que proliferan en las calles, con heces fecales sobre el pavimento; el desorden en el comercio informal que ya es economía emergente; el transporte público,  — verdaderos ataúdes ambulantes—; la educación, cada día con menores exigencias para un alumnado, que pretende resolverlo todo con la inteligencia artificial; verdaderos entes vivientes que, absortos, contemplan videos virales, atrapados por los intereses del mercado. Ni hablar de los incontables baches en todas las arterias viales del país.

Un 3-2 es el resultado que merecemos. De lo contrario, estaríamos contando cadáveres, un mayor número de desórdenes y un incremento en el quebrantamiento del orden público.

A lo largo de los próximos días, y hasta finalizar el Mundial de futbol, creo que sería contraproducente continuar con la publicidad de productos con jugadores del seleccionado nacional, porque ni las bebidas hidratantes ni el pan blanco marcaron la diferencia, a menos que no busquen el posicionamiento del producto, sino la expresión viva de la derrota.

Lo cierto, y acaso lo único positivo de un resultado adverso, fue el alza en la venta de las bebidas embriagantes y que los alrededores del Ángel de la Independencia  lucieron con menos basura que en las últimas conglomeraciones de los aficionados.

El país dejará la euforia que emanaba de las esperanzas  —ahora fallidas— del selectivo nacional y pasará al letargo de otros seis años para volver a soñar.

No hay nada que reclamar: sólo fue el resultado de lo que se ha sembrado.

Tal como lo expresara Samuel Beckett, el padre del teatro del absurdo, en su obra Worstward Ho (Rumbo a peor): “Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better”. Que traduce: “Inténtalo. Fracasa. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.”

Al tiempo.

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