Por Benjamín M. Ramírez
No lo voy a negar. Disfruté el partido, cada llegada de gol y las infracciones que no fueron marcadas por el silbante central, como si el reglamento sirviera solo para ser llevado doblado en el bolsillo trasero.
Los comentaristas apelaban a la memoria: de los 40 años de aridez de la selección nacional de no pasar a la siguiente fase; del prodigio juvenil de apellido Mora; de las fallas en los tiros o remates que no se convirtieron en goles como promesas fallidas; que se pudo conseguir más; que ha sido una excelente racha del balompié mexicano. México no ha recibido un solo gol en esta justa deportiva. Entonces se abre la puerta a lo mítico, a lo impensable, que podemos soñar. La ilusión desbordada, llegar a ser campeones…
En otras competencias anteriores, Javier “El Chicharito” Hernández acuñó aquella frase en la que nos invitaba e —instalada en el imaginario colectivo—: “soñemos cosas chingonas” cuando él claramente protagonizaba una campaña publicitaria, hacía sándwich para la marca Bimbo. La frase se diluyó y se tradujo lamentablemente en “Haz sándwich, no metas goles”. La cuestión es que el balompié mexicano está con una racha avasalladora, contra su sino que lo ha marcado por décadas y que ahora se permite desafiarlo y nos brinda, a mismo tiempo, la posibilidad de suspirar por la copa mundialista.
“¿Y, si sí…?”, porque yo soy de la idea “¿Y, si no…?”
Es muy claro que mientras el balón rueda los grandes problemas del país se relegan a un término sin importancia, disminuido por la embriaguez e inmediatez del triunfo. La inseguridad, la corrupción, la opacidad en la ejecución de la obra pública, las obligaciones del Estado, todo se mide con el sesgo de un tiro a gol.
Lo cierto y queda claro que el futbol, aún en su nobleza, sigue siendo un negocio de alta rentabilidad. De otro modo, la FIFA aplicaría la norma que rige a los gritos de carácter homofóbicos: suspensión del partido, sanciones económicas correspondientes, veto al estadio y castigo a la afición. Sin embargo, en el encuentro que sostuvieron las escuadras del seleccionado mexicano y el ecuatoriano este martes 30 de junio, esa expresión de odio se escuchó al menos cuatro veces esta expresión de odio en los primeros diez minutos del encuentro deportivo, —dos de ellas, con precisión cronométrica, en los minutos 6 y 7— sin las sanciones correspondientes.
Lo que terminó por empañar el partido fue la tibieza del silbante sloveno, que omitió sancionar jugadas bruscas del conjunto ecuatoriano. No fue sino hasta el cierre del encuentro cuando mostró la única tarjeta roja, en contra de Piero Hincapié por infringir la nueva regla de la FIFA que prohíbe cubrirse la boca al dirigirse a un rival.
México se impuso a su adversario y, con ello, ha puesto a soñar a millones. Inglaterra aparece en el horizonte como ese rival capaz de acabar — o magnificar— esta renovada capacidad innata de resiliencia nacional que ha demostrado, —en los hechos y a través del tiempo— que sobreponerse a la desgracia es lo mismo que ganar perdiendo.
Hace algunos años, la FIFA introdujo la llamada “pausa de hidratación”: artilugio mercantil para potenciar los anuncios publicitarios y con ello las ganancias millonarias de los patrocinadores. La medida se vio como necesaria. Funcionó en Arabia Saudita y llegó para quedarse, no por necesidad deportiva sino porque así lo dictaminan los corredores en Wall Street.
Nuestro país necesita urgentemente una pausa de hidratación, esa medida que en tiempos de guerra se llama tregua, o al menos, un alto al fuego. Una vez acabada la distracción del campeonato de futbol soccer, la realidad nos golpeará a la cara con su rudeza que no admite tiempo extra, compensaciones ni revisiones al VAR.
Hoy podemos decir que nada en este país se resolverá por arte de magia. Está claro que se puede —y se debe— disfrutar del espectáculo sin perder el hilo conductor de la res publica, de la cosa pública.
La Nación necesita que se grite, fuerte y claro, desde cualquier rincón del país: que las autoridades cumplan con el mandato constitucional que les corresponde; que las madres buscadoras no están solas con el dolor; a cuestas, que la inseguridad golpea fuerte y sin distinción; que jugamos con el marcador en contra y que el tiempo de duelo se prolonga con un árbitro central que parece sordo a los reclamos de quienes padecen las injusticias.




