Por Benjamín M. Ramírez
El discurso del oficialismo en los últimos días sobre soberanía, independencia y no injerencia ha sido constante, insistente y distante de la realidad. Se trata de una narrativa que medra en su intención mediática: masiva, invasiva y, por momentos, francamente insultante.
La intención es despertar en el respetable un sentido de nacionalismo y de identidad patriótica semejante al demostrado por los Niños Héroes en aquel fatídico 13 de septiembre, durante la invasión norteamericana. Sin embargo, dicha intención se encuentra profundamente alejada de la realidad y de su supuesto cometido.
¿Quién daría, a estas alturas, la vida por la patria y sus instituciones? ¿Quién tomaría las armas frente a un contrincante que nos supera en número, capacidad táctica y poder armamentístico? ¿Quién defendería a un gobierno que no ha cumplido con su obligación constitucional de garantizar paz y seguridad, así como salud y educación de calidad?
Y luego viene la perorata sobre la injerencia.
No basta con señalar a un gobierno extranjero que, supuestamente, mantiene asolado al nuestro bajo el argumento del intervencionismo o la amenaza de una hipotética invasión. Los aparatos de inteligencia y espionaje extranjeros operan con libertad en las calles donde radican sus objetivos. Desde siempre han existido topos, vendepatrias y entreguistas, en uno u otro bando.
¿Qué mayor muestra de injerencia en nuestras instituciones y en nuestro propio territorio se requiere si el control ejercido por la FIFA es una constante? Esta organización se ha apropiado de las sedes de los partidos, determina lo que consumirán los aficionados, dispone de los palcos —violentando incluso la propiedad privada—, impone criterios de movilidad en zonas aledañas a los estadios y obliga a los gobiernos en turno a emitir decretos que favorecen exclusivamente sus intereses económicos y sus ganancias multimillonarias.
Hacer patria también implica cumplir con las responsabilidades cotidianas: cada uno, desde su trinchera, en lo que le corresponde. Detener la injerencia también supone dejar de consumir productos de baja calidad, así como el no pagar costos exorbitantes por ver rodar el balón o el debut de la selección nacional. Ni siquiera en los grandes eventos deportivos se alcanzan los niveles de encarecimiento de un partido insulso del mundial en ciernes.
Hacer patria es, además, resistir la política entreguista del gobierno en turno, orientada a satisfacer las pretensiones de quienes lucran con las necesidades emocionales de un público enajenado.
Defender la independencia nacional implica responder con prontitud a las grandes demandas del pueblo, no maquillarlas. Ejemplo de ello es Nuevo León, donde mallas de lámina o lonas pretenden ocultar la miseria de sus ciudadanos.
También significa, hacer patria, el no disfrazar la crisis de inseguridad que impera en el país, ni evadir la respuesta institucional ante las demandas de las madres buscadoras, la exigencia de justicia para los 43 de Ayotzinapa, las demandas de campesinos o de seguridad de los transportistas y conductores en carretera.
Ser patriota implica no destinar recursos públicos millonarios para congraciarse con instancias del futbol que no solo exigen, sino que imponen condiciones de gobernanza.
Las exigencias para la organización del mundial en México implican, de suyo, una “limpieza” no solo de áreas turísticas o zonas aledañas a los estadios, centros de concentración de selecciones o corredores comerciales, sino también una limpieza social: la exclusión de menesterosos, pedigüeños, personas en situación de calle, comercio informal y trabajadoras sexuales, con el fin de “mejorar” la imagen urbana.
A ello se suma la intención de la jefatura de gobierno de la Ciudad de México de “ajolotizar” y luego “desajolotizar” la ciudad: pintar de morado para después repintar de amarillo guarniciones y banquetas, acciones que implican un gasto oneroso al erario y convierten la supuesta construcción de un símbolo de transformación social en un dispendio sin control.
Quizá, en lugar de rodar el balón, lo que corra sea la sangre de los manifestantes en las próximas horas, en vísperas de la inauguración oficial del mundial de futbol. Conviene recordar que el futbol es, sin más, el deporte con mayor número de aficionados en el mundo y que ha servido históricamente como un mecanismo de control social, útil para la contención de masas y la dilución de demandas colectivas.
El silbatazo inicial está por darse, y la ebullición social que amenaza con irrumpir en la justa deportiva es una realidad latente.
Si se habla de injerencia, es urgente decir que la FIFA parece gobernar incluso en el menú de quienes, enajenados por un esférico, se someten dócilmente a ese mecanismo de control de masas determinando qué ver y dónde ver este evento mundialista.
Por último, desde este espacio, expreso mi apoyo irrestricto a la lucha magisterial en sus legítimas demandas.



