TIJUANA HIEDE A SANGRE PODRIDA

Por: Esperanza Ne

Del diario de una xalapeña rota en Tijuana.

La violencia en Tijuana se propaga como la metástasis sin radioterapia. Puedes oler desde la cima de cualquiera de los tantísimos cerros cómo la mitad de la gente vive del narco, al acecho, porque estamos en su zona de confort y se extiende como el sol a mediodía que quema las entrañas.

La otra mitad viviría, una pensaría, aterrorizada, pero la verdad es que la costumbre ha apagado el sentido de la impresión y de la conmoción.
Pareciera una tradición despertarse con encabezados amarillistas y sangrientos, “un muerto más”, “otro asesinato”, “doble homicidio”, “más cuerpos encontrados”.
Tijuana hiede a sangre podrida, a sicariato obligado. Las calles se dibujan con casquillos de armas largas utilizadas para aniquilar y destruir.
¿Qué pasa por la mente de un sicario cuando está asesinando, cuando está descuartizando? ¿Se apaga su cerebro, lo disfruta? ¿Qué tuvo que haber vivido para llegar a ese punto de frialdad?
A diario desayuno notas de cuerpos abandonados en predios inhabitables, pero también en carreteras y frente a casas de gente acomodada, de homicidios y muertas, de desaparecidos y restos humanos abandonados en bolsas como si fueran basura, las sobras de la cena del día anterior.
Suena, mientras escribo, We are the champions de Queen, y resuena en mi mente “we’ll keep on fighting to the end”, but, ¿are we fighting o solo vivimos resignados? Maybe we just don’t give a fu©k anymore.
Desde que llegué, no ha habido un solo día en el que haya menos de cinco muertos, hombres y mujeres ejecutados en la madrugada, al alba, a la luz de un día intensamente soleado, en la oscuridad y a la vista de todos.
La violencia en Tijuana no descansa, no duerme, se reproduce como el virus del Covid, es también una pandemia en una ciudad enferma, en un país moribundo secuestrado por el crimen organizado, and nobody seeams to care.
Ayer por la mañana recibí, entre varias fotos y notas de asesinatos y cuerpos, una que particularmente llamó mi atención. Era el reporte del cuerpo desmembrado de una mujer que había sido abandonado en una bolsa de plástico en una calle transitada, frente a gente que no se inmuta más.
La historia de una persona que se suma a una lista que es tan larga que diluye cada nombre de quienes tienen la desdicha de caer ahí, se pierden, se desvanecen.
Más tarde recibí la llamada de una mujer de Sinaloa que buscaba a su prima, necesita desesperadamente saber si son la misma persona la chica con la que creció y a la que probablemente amó, que la mujer encontrada tirada, con el cuerpo abierto y las vísceras por fuera.
¿Era esta mujer desechable? A los ojos de su ejecutor lo era, insignificante, nada. Una más de las miles que se apilan en archivos añejos dentro de una bodega fantasma a la que el gobierno puso un candado y luego tiró la put∆ llave.
Lo que hice por la señora fue subir a nuestras redes (de mi trabajo) la foto de su prima con sus datos personales, y sobre todo con las especificaciones de sus tatuajes, que sirven un chingo cuando el cuerpo está destruido e irreconocible.
“Servicio a la comunidad, ¿alguien la ha visto?”
Entre los tantos desaparecidos a diario, es difícil recordar la cara de uno solo.
En las siguientes horas tratamos de investigar si eran la misma persona pero parecía imposible ponerle atención a uno más de los cuerpos que se apiñan entre las tantas y tantas decenas que se juntan en los pasillos de la SEMEFO como cochinos en matadero, con su dignidad cancelada e inexistente.
Llegué a casa y me acosté pensando en la voz de la señora. Retumbaba en mi mente.
“Necesito saber si es el cuerpo de mi prima, desde ayer no nos contesta”, es difícil no quebrarte cuando te lo dicen así. Claro que sí, señora, le vamos a ayudar en lo que nos sea posible.
Dormí y soñé que la mujer me hablaba para decirme que la habían encontrado, que andaba de fiesta y había olvidado cargar el celular, lo mismo que deseaba cuando no sabíamos nada de Ramón.
Pero por la mañana me llegó el enlace de una nota. Eran la misma persona, había sido identificada por sus tatuajes. No por su nombre, no por su rostro.
¿Deberíamos tatuarnos para que nos reconozcan si alguien nos destaza y nos avienta como desecho, como comida para perros callejeros?
Este es mi trabajo y pasa, no puede invisibilizarse en una ciudad tan mordaz y fría. Hay que seguir hablando por los muertos y por los desaparecidos y no olvidarles.
Así que hoy prenderé una vela por Lorena, diré una oración pagana por ella y desearé que su espíritu haya olvidado lo horrible y humillante que fue su muerte. Ella no lo sabe, pero yo estoy para recordar que no se lo merecía, que su vida valía y que ella importaba.

Los comentarios están cerrados.

Abrir chat