Transiciones║Víctor Alejandro Espinoza     

Pacto necesario

Con independencia de los resultados electorales que arroje la jornada del 6 de junio y la nueva configuración de la Cámara de Diputados y de los gobiernos locales, es necesario un pacto hacia una transición del régimen político mexicano. No veo otra forma para construir cambios que perduren y transformen un sistema político agotado como el nuestro.

He sostenido que la larga transición política a la democracia fue el resultado de años de lucha social y política que cristalizaron en reformas político-electorales que iniciaron en 1964 y se replicaron hasta 2014. Fue un largo proceso acumulativo de reformas a la normatividad electoral y que fueron permitiendo la liberalización política de un régimen autoritario de partido hegemónico que se construyó en el periodo postrevolucionario y que culminó con la primera alternancia en la presidencia de la República en el año 2000.

Sin embargo, esa vía reformista ha mostrado sus límites. La dinámica que ha seguido el cambio político mexicano ha sido: elecciones federales seguidas de reformas electorales, con las cuales se buscan corregir los problemas que evidencia el sistema electoral. Ninguna de las reformas se ha planteado la transformación del régimen político presidencialista.

Lo que observamos en la escena pública en el actual proceso electoral es sin duda una grave polarización política. Sobre todo, las redes sociales muestran un enfrentamiento claro entre una oposición que incluye desde partidos políticos, académicos, intelectuales, organizaciones de extrema derecha como FRENAAA, medios de comunicación, editorialistas, payasos, internautas, etc. Por el otro, quienes defienden las posiciones del presidente Andrés Manuel López y de la 4T. El primer bloque se queja amargamente de la “polarización” que según su sentir es culpa de AMLO y de las conferencias matutinas o mañaneras.

No veo que este clima enrarecido pudiera disiparse si el presidente decidiera no contestar más a las críticas, calumnias y descalificaciones que desde la oposición le endilgan las 24 horas. No creo tampoco, que dichas descalificaciones, guerra de bots, publicaciones cesaran si el presidente solicitara una tregua. Por lo contrario, sería considerado como una muestra de debilidad y lo interpretarían como estar a punto de lograr su objetivo: la renuncia de AMLO.

La tensa situación en la que vivimos en la que cualquier problema que suceda en el país es “culpa” del presidente en parte se nutre de lo que ha sido nuestro sistema político presidencialista. En la naturaleza del régimen se encuentra el límite del sistema actual. Es necesario transitar hacia un régimen semipresidencialista. Sería lo que permitiría gobernar con mayoría en el Congreso sin que se tomara como un indicio de autoritarismo y de que la mayoría arrasa a las minorías. Habría un gobierno bicéfalo: un jefe de Estado electo por los ciudadanos y un jefe de gobierno nombrado por el Congreso.

El pacto necesario incluiría a las diversas fuerzas políticas para avanzar a un nuevo régimen que además del nuevo diseño del régimen incluyera una nueva institucionalidad que permitiera desmontar el autoritarismo y la corrupción que se reproduce a lo largo de la geografía y ámbitos gubernamentales. La pura voluntad presidencial no alcanza para combatir la corrupción, los cacicazgos locales o las prácticas antidemocráticas. Un pacto necesario para construir hacia el futuro y evitar el regreso a un pasado anclado en el autoritarismo y las desigualdades sociales, caldo de cultivo para el surgimiento de actividades ilícitas y el enriquecimiento de una minoría que se repartía los recursos públicos como si fuera un botín.

No es fácil, el encono no permite ver más allá de la coyuntura electoral. Se requiere altura de miras y un sistema de representación popular, de partidos políticos, que piensen en el país más allá de victorias pírricas. O avanzamos hacia un régimen político que permita la vida democrática y el poder impulsar políticas que beneficien a las mayorías o seguiremos apostando por pequeños cambios y postergando la transformación sustantiva. Es el momento de una transición que transforme nuestra vida pública.

 

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