Diario de una xalapeña rota en BC

Por Esperanza Ne

 

Crónicas culeras, segunda parte: la primera chamba.
Entonces llegué a Baja California y lo primero que hice fue buscar trabajo, y lo inmediato era Hisense, la de electrónicos.
Mi casa en Rosarito queda a 10 minutos de la gigantesca china, la que explota. De un lado la fábrica y del otro la playa. El sueño bajacaliforniano.

 

En Montreal ya había trabajado en esta modalidad, en la fábrica de bolsas Ziploc, en una de cajas de plástico, una de cremas corporales, una empacadora de ensaladas donde conocí al hermoso Michael Keating, y seguramente algunas otras que ya olvidé, pero el sueldo era en dólares y valía la pena la putiza.

 

Hisense devora obreros como yo vatos en mis 20, descontrolada. Las páginas de chamba en Fb se llenan de publicaciones de reclutadores que pintan a la asiática como la mejor, y ahora entiendo que es porque la gente renuncia todos los días.

 

Llegué con mi roomie/compa, una morra chingona, como yo, que ustedes conocen y que vino conmigo desde el sur. Nos contrataron en el momento, pero es que a nadie le dicen que no.

 

Nos dieron uniforme, zapatos, chaleco, gafete, tarjeta de banco y un espacio en los armarios para meter el lunch.

 

Nos advirtieron de las pruebas de oído y vista que consistieron en preguntarnos si escuchábamos y veíamos bien. Nos hicieron una prueba de Covid, que nos cobraron, y el antidoping, y después de los resultados instantáneos, para adentro, a trabajar, dos obreras más, que para nosotras representaba estabilidad y sobrevivencia y para ellos solo cuatro manos más, no personas, no seres humanos, solo manos.

 

El horario era de 6:30 pm a 6:30 am, doce perras horas parada, con solo dos descansos y cinco horas entre uno y otro.

 

Los descansos son para comer algo, pero ir de las líneas a los lockers a quitarse el uniforme es un viaje largo, ir de los lockers a los comedores es otro. Comer en 13 minutos y tal vez ir corriendo al baño y volver a hacer los viajes para ponerse de nuevo el uniforme y regresar a la línea a tiempo para seguir trabajando parada.

 

Así no se pinches puede. Duré tres jornadas y media. Mis pies débiles no aguantaron. El primer día vomité de dolor, jajaja, y el último recurrí a una inyección en la enfermería. A las 12 de la noche del jueves renuncié, me fui, claudiqué porque me quiero mucho.

 

Los cuatros días que ahí estuve no comí bien, solo llegaba a dormir y el despertador sonaba para regresar a trabajar. Una vida culera.

 

La Hisense, la perra de Hisense no dignifica a la trabajadora, al trabajador. Paga de la mierda y te hace mierda. A la Hisense le dan risa las reformas laborales de la 4T, porque a nadie le importan los obreros y al Estado le vale vrg si vienen empresas extranjeras a buscar mano de obra barata y tratan a la banda así, y justo llegan a México porque saben que aquí pueden venir a vejarnos y no pasa nada.

 

Omitiré detalles técnicos que se están escribiendo en una nota, como varias que se han hecho al respecto y que no han servido para nada, pero una jamás se queda callada.

 

Sale, bye.

 

Hisense

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