LA NOCHE DE LOS NAHUALES||Benjamín M. Ramírez

 

LA CIUDAD QUE MATABA A SUS MUJERES O NO DEBES NACER, MUJER…

 

 

Ellas estaban solas, delante de la oficina de gobierno.

 

Buscaban, es lo único que les queda, buscar mientras esperan. Estaban afuera porque dentro de la dependencia oficial no existía un espacio para atenderlas. Oídos sordos para el dolor que aturde y los silencios cómplices para anonadar.

 

Hacían fila a su manera, mientras resguardaban entre sus brazos una carpeta vieja y maltratada con folios como única esperanza. Ahí, en la fila, hacen guardia, de manera cotidiana, como Estragon en “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett.

 

La frialdad de la averiguación es evidente ante a la ominosa y oficiosa —sólo de oficio— actitud de los encargados para brindar una respuesta. Todas aturden, eluden, divagan, embrutecen y entristecen. Ya lloraron lo suficiente y no quedan más lágrimas para la oblación.

 

Las ojeras no sólo delatan cansancio también decepción por la indolencia gubernamental, en sus diferentes niveles de gobierno,  y la falta de un deber cumplido en una entidad oficial omisa que se hunde en su responsabilidad de brindar seguridad pública y certeza jurídica.

 

La única respuesta es que no hay respuesta, frente a la única certeza, de que no descansan.

 

Sucede en cualquier parte del mundo. Ya por razón de género, estatus social, edad, preferencia sexual o religión, siempre son víctimas —en la mayoría de las veces por alguien cercano a ellas—, existe algo o alguien que las inmola. Ocurre lo mismo en la India, Burundi, Pakistán, México, El Salvador o Brasil.

 

Según informes de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, CONAVIM, en México los feminicidios se concentran en el 18% de los municipios del país, Ciudad Juárez, Tijuana y Monterrey encabezan la lista; cada dos horas y media es asesinada una mujer; en promedio, durante 2020 y 2019, se cometieron dos feminicidios diarios.

 

El Secretariado de Seguridad dio a conocer en enero pasado que se han registrado 969 casos de feminicidios durante 2020 y 966 en 2019. Las entidades que concentran el 51% de ellos son Estado de México, Veracruz, Jalisco, Ciudad de México, Nuevo León y Puebla.

 

Sucede en cualquier momento: ayer, hoy y mañana. Las cifras siempre van en aumento. Tal parece que nadie ni nada podrá parar la estadística infame de una ciudad que sacrifica a sus mujeres.

 

¿Quién responde por las muertas de Ciudad Juárez? ¿A quién han castigado por las tres muertes de Marisela Escobedo? ¿Cómo castigarán a los responsables de la muerte de Mariana Sánchez? Y otras tantas desaparecidas.

 

Mujeres, las que callan por temor al despido, por temor a la muerte, víctimas de un sistema obsoleto de justicia que no responde ni atiende con prontitud ni libertad a las exigencias propias de los tiempos sin poder establecer mecanismos, ni siquiera un plan, para frenar el iter criminis.

 

Ignoro si la expedición y ejecución de una orden de restricción sea onerosa y cansada para el Estado para proteger a sus mujeres: niñas, adolescentes, jóvenes, adultas o adultas mayores, de sus depredadores e inmoladores.

 

Desconozco si sea un trabajo cansado el legislar para proteger, prevenir, inhibir, reparar y evitar que vuelva a suceder una muerte más.

 

Desconozco si los aparatos de justicia consideren muy cansado el aplicar las penalidades previstas en la ley, de lo contrario el mensaje es de impunidad, en una sociedad permisiva que nada cuestiona y a todo aplaude.

 

Es necesario replantear la educación para fortalecer una sociedad de respeto, donde las mujeres se sientan protegidas, no acorraladas.

 

Es necesario derribar el estado de excepción: a los culpables se les castiga, no se les premia.

 

Es necesario replantear el sistema de justicia para que quién se atreva a cometer una acción criminal se le debe anteponer todo el peso del Estado.

 

Es necesario empezar a trabajar por una cultura de la paz, donde sin distingos, hombre o mujer, todos somos y tenemos la corresponsabilidad del bien común.

 

Llegará el día en que “La historia del lagarto que tenía la costumbre de cenar a sus mujeres”, en el libro “Palabras andantes” de Eduardo Galeano sea una realidad.

 

No es necesario derribar muros, ni golpear monumentos o palacios, basta dejar de consumir las ideas que han nutrido a la sociedad y construido sus murallas.

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