El camino hacia la nueva normalidad || La noche de los Nahuales

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¿Qué es normal?

 

¿Cómo volver a lo nuevo, a lo inédito, al fenómeno, a lo extraño, a lo insólito, a lo excepcional?

 

¿Cómo responder a los amigos que te comunican que hoy sufren la pérdida de un ser querido? ¿Cuáles son las palabras más apropiadas para expresarlas mientras te notifican que acaba de fallecer?

 

Sólo el silencio. Y el silencio puede ser normal. Y el silencio no puede ni debe ser normal. 

 

¿Cómo informarles a los corresponsales del Washington Post, del New York Times, y al de El País  que lo normal en México es lo cotidiano, lo usual y lo habitual, principalmente en los hospitales, en las calles, en la economía, en las finanzas públicas, que la corrupción y el hartazgo del ciudadano constituyen el pan de cada día. 

 

¿Cómo concebir que lo normal durante décadas fuera el crecimiento de la deuda externa, la escasez de oportunidades para los jóvenes, la vulnerabilidad de los adultos mayores y una educación que sólo era privilegio para unos cuántos y más, la educación superior? 

 

Lo normal en Londres —en su deficiente sistema de salud— es que se tarden en atenderte en un lapso de tres semanas, que los costos de atención hospitalaria, incluido los de cirugía mayor, no existen, y que la cobertura se extiende a cualquiera que se encuentre en el Reino Unido.

 

Lo normal en otros países, principalmente europeos, es el de atender el problema de las adicciones como un problema de salud y no como un problema de seguridad, que las personas vulnerables reciben atención prioritaria por parte del Estado, que la educación es concebida fuera de toda presión o chantaje sindical, que el crimen es combatido con todo el peso de la ley, principalmente en lo que se refiere a la evasión fiscal.

 

¿Cómo explicar que lo normal a partir de ahora el COVID será normal? Expresar que tenemos que aprender que sólo será posible el aplanar la curva de la pandemia con un ciudadano normal: nuevo, diversificado y educado para atender las indicaciones de las autoridades sanitarias.

 

Normal será que los medios de comunicación estén a disposición de las autoridades educativas para hacer llegar los contenidos didácticos a los jóvenes que así lo requieran. Y que la educación, en su modalidad en línea, debe estar en el catálogo de todas las instituciones educativas. Y que todas las familias cuenten como mínimo con “El paquete” que circula en Cuba y que es tolerado por las autoridades de la isla. El paquete brinda una opción diversificada de entretenimiento, con valor de un dólar a la semana.

 

Lo normal después de la pandemia será que cada hogar cuente con una conexión a internet, con un paquete de entretenimiento en alguna de las plataformas, que los docentes deban capacitarse para atender a sus alumnos a través de videoconferencias, y que la educación superior será una realidad para todo aquel que así lo requiera.

 

Lo normal después del COVID-19 será que el ejército cumpla con las tareas de seguridad propias de los cuerpos policiacos, que la ciudad de México cuente con más de tres aeropuertos —como Nueva York— y que el costo de un boleto de avión de Tijuana a Tuxtla Gutiérrez, sea igual o más barato que un vuelo redondo de Tijuana a Bogotá o de la ciudad de México a La Habana.

 

La nueva normalidad a la que aspira el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, es que todos paguen sus respectivos impuestos, que paguen más los que ganen más y que paguen menos los que ganen menos. No sólo sería justo sino correcto. 

 

En la nueva normalidad mínima sería que los ricos empresarios no esperen ser rescatados de la bancarrota por parte del Estado, saneando con la deuda pública —esa deuda ciudadana impagable en décadas— “las transa-acciones” realizadas por los encumbrados de siempre que esperan piedad en las arcas públicas, negándose a pagar los impuestos de las ganancias obtenidas en el año fiscal anterior. 

 

Normal sería que las empresas le paguen a sus trabajadores en tiempos de contingencia amparados en un estatus gubernamental que les permita condonar impuestos por salarios. 

 

En la nueva normalidad de la esperanza sería que la justicia tenga los ojos desvendados en los tribunales, y que ministros, jueces y fiscales no se empeñen en ponerle nuevamente la venda en los ojos, o que ande perdida en la búsqueda de los desaparecidos.

 

Sería normal que los más desprotegidos y vulnerables por su condición humana tengan acceso a una justicia pronta, expedita y gratuita, que los defensores de oficio cumplan con el deber encomendado y que la justicia no esté confinada en las mazmorras de los centros penitenciarios.

 

La nueva normalidad sería que los actuales funcionarios públicos por elección popular no se perpetuaran en el poder, en una reelección forzada, principalmente en Baja California, para poder inyectar nuevos bríos a la función pública, en una nueva era de ciudadanos honorarios que trabajan por el bien de sus comunidades.

Normal, normal sería que en este país brille la esperanza como semilla plantada en el consciente de cada ciudadano para transformar lo que es hoy lo que no queremos para mañana.

 

Desde este espacio elevo una oración y un voto de confianza en el Creador para los amigos de la familia Luna Domínguez, principalmente a Don Celso, Lupita, Alex y a Maribel, por el fallecimiento de Carlos, amigo y hermano nuestro. Dios les conceda la paz que toda la familia necesita en estos momentos de dolor. 

 

Lo normal sería celebrar la vida, en la espera de que la fe sea el único vínculo entre los designios divinos y el dolor que nos doblega y acongoja. Un abrazo solidario en la espera de la resurrección prometida.

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