¿Estrategia equivocada? || Transiciones

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Los críticos del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) sostienen que la política exterior mexicana bajo su gobierno y concretamente respecto a Estados Unidos no es la correcta, para decirlo de manera elegante. Afirman que se trata de una posición entreguista, sumisa, ante un gobierno encabezado por un personaje como Donald Trump.

No dejan de tener cierta razón, sobre todo a partir de las expectativas que se habían generado cuando AMLO tomó posesión. Y la cereza en el pastel: la Secretaría de Gobernación diseñó una estrategia errónea: abrir la frontera sur, otorgar visas humanitarias, permisos de trabajo, promesas de una vida mejor. En el papel lucía atractivo, no en un momento cuando ya estaban llegando las caravanas de migrantes (haitianos, hondureños, ecuatorianos, básicamente). Una política de “buena onda” que generó una avalancha migrante…y el enojo de los vecinos del norte.

Desde luego que hubo que dar marcha atrás a dicha política. En el control de daños fue separado de su cargo el Comisionado del Instituto Nacional de Migración, Tonatiuh Guillén López, un personaje salido de las filas del calderonismo y que poco o nada entendía del fenómeno migratorio, pero a quien Alejandro Encinas le “compró” el curriculum, que de especialista en migración tenia lo que yo de cantante. AMLO asumió que él le había pedido la renuncia y decidió que toda la política migratoria pasara de Gobernación a la Secretaría de Relaciones Exteriores, directamente a manos de Marcelo Ebrard.

Y ya conocemos el resto de la historia: el gobierno de Donald Trump aprovechó perfectamente el tema de las caravanas y las multitudes pasando la frontera sur de México para hablar de la amenaza a la soberanía de Estados Unidos y cerrando su frontera, pero además negando el derecho de asilo a miles de centroamericanos que lograban trasladarse al norte de México. Así, hasta llegar a la crisis de los aranceles a las importaciones de los productos mexicanos: una verdadera amenaza de una crisis económica a escasos meses de iniciado el gobierno de López Obrador.

Sabemos bien que ha sido cíclica la utilización del fenómeno migratorio para justificar medidas de cierre de fronteras y para endilgarles todos los males que se padecen en Estados Unidos. Los migrantes han sido los chivos expiatorios de las políticas internas norteamericanas. Pero en épocas electorales estas posturas se recrudecen. Y hoy estamos en pleno proceso electoral que deberá culminar en la elección presidencial del 20 de noviembre próximo y en la que Trump busca la reeelección.

Sin embargo, la tension ha crecido desmesuradamente desde el día 3 de enero, fecha en que Estados Unidos bombardeó el aeropuerto de Bagdad y murieron dos connotados representantes iraníes: Qasem Soleimani, comandante de la fuerza de élite Al Quds, de la Guardia Revolucionaria Iraní; y a Abu Medhi al Muhandis, número dos de las fuerzas de Movilización Popular. Evidentemente que además de que se recrudece la situación en Medio Oriente, lo que seguirá para la frontera norte será una declaratoria de amenaza terrorista desde México, pretexto siempre presente para cerrar fronteras y lucrar políticamente en el proceso electoral.

Es en ese contexto tan complicado que una política de enfrentamiento directo con un presidente como Donald Trump no parece deseable. AMLO ha decidido no confrontarse y esperar que no logre la reelección. Sus críticos no están de acuerdo y exigen una postura crítica y un cambio en la política migratoria, a lo mejor pasando a una estrategia intermedia a lo que había en sexenios anteriores. Por ejemplo, ordenar el ingreso de centroamericanos desde la frontera sur, combinado con medidas estrictas para el tránsito. Difícil situación en la que nos encontramos. AMLO no desea abrir un frente exterior. Sin embargo la situación en la frontera sur empeora. Veremos que nos depara el actual conflicto con Irán y las repercusiones negativas para nuestra frontera; esa parece la única certeza.

 

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