Tansiciones.- ¿Cambio de régimen?                                               

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En la plataforma gubernamental de Andrés Manuel lópez Obrador (AMLO) destaca la propuesta de cambio de régimen. Se trata de la parte medular de su idea de cambio, de lo que se conoce como 4T. Esta se equipara con otras tres etapas históricas: la Guerra de Independencia (1810-1821), la Reforma (1858-1861) y la Revolución Mexicana (1910-1917). Es decir, se trataría de una profunda transformación de la vida económica, política y social de nuestro país.

No queda muy claro cómo caracterizar esta nueva fase de nuestra historia. En sentido estricto no es una propuesta socialdemócrata a la manera en que lo fueron los gobiernos del Partido Socialista Obrero Españos (PSOE), donde la intervención estatal era la referencia para paliar las desigualdades del mercado. Sobre todo porque en las socialdemocracias el empleo público se utilizó para dinamizar la oferta en el mercado a través de la absorción del desempleo. La defensa del gigantismo gubernamental y de la burocracia no se puede entender sin esta dimensión de la contención del paro laboral. 

En México se satanizó el crecimiento del gobierno a partir de la administración de Miguel de la Madrid (1982-1988). Tanto los empresarios como la clase política compraron la idea de que el culpable de las crisis era el gobierno y sobre todo, la intervención gubernamental en la vida económica y social. Durante casi cuatro décadas no teníamos ninguna duda de cuál era el proyecto económico de los gobiernos priistas y panistas. Hicieron suyo el proyecto neoliberal, y las alternancias entre los dos partidos se llevaron a cabo bajo la idea de que los problemas se debían a quienes gobernaban, nunca se criticó el modelo económico.

En el terreno politico, la desarticulación del intervencionismo económico estatal tuvo su correlato en el presidencialismo, como forma de gobierno. El hecho de que se haya contraído la actividad estatal no se tradujo en una disminución del poder presidencial. La frase que sintetiza esa aparente contradicción la pronunció Carlos Monsiváis: “En México a menor Estado hemos tenido mayor presidencialismo”. Ahora bien, a partir de la presidencia de Ernesto Zedillo (1994-2000), sí tuvimos un acotamiento a las facultades metaconstitucionales del Ejecutivo federal; sin embargo, aunque esas acotaciones permitieron a los gobernadores ganar más poder y convertirse en verdaderos señores feudales en sus territories, el poder central nunca se perdió, sobre todo por la forma de gobierno presidencialista mexicana.

Bajo el gobierno de AMLO, la propuesta económica y política no permite hablar de un modelo radicalmente distinto. En lo económico, la apuesta principal parece ser la austeridad gubernamental y el combate a la corrupción. Ciertamente había excesos, sobre todo en los gastos de los mandos superiores de la administración pública, pero no en las estructuras burocráticas medias e inferiores. El uso de los recursos públicos de manera discrecional, también por los altos mandos, brindaba una visión de corrupción generalizada. A través del combate a la corrupción, como el eje principal de su estrategia, se insiste, se generarán recursos para paliar las desigualdades sociales. En ese terreno, se ha echado a andar una política asistencial, que para muchos expertos no resolverá el problema de la grave pobreza que se generó en las últimas décadas. Es un paliativo, pero considero se deberá combinar con medidas estructurales que marquen una distancia con el modelo neoliberal. 

En términos del régimen politico, no hay una propuesta de cambio de forma de gobierno. Menos si consideramos el “estilo personal de gobernar” de AMLO, en el que se concentra sobremanera la responsabilidad de la administración pública. Pero así será mientras que no haya una discusión nacional y consenso de todas las fuerzas políticas de la necesidad de transitar a una nueva forma de gobierno semipresidencialista, más acorde con la democratización federal y a nivel de las entidades. No es un problema de AMLO, es una responsabilidad de todos los mexicanos. Mientras, no parece haber de otra. El poder presidencial parece inevitable para hacer frente a los graves desequilibrios de nuestra sociedad.

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