LA NOCHE DE LOS NAHUALES || Por Benjamín M. Ramírez

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LA NOCHE DE LOS NAHUALES || Por Benjamín M. Ramírez

JIRAFIFÍ EN CENTRAL PARK O UNA GUARDIA PARA FOX…

 

Descanso muy cercano a las ruinas del Templo Mayor. Alrededor también pernoctan indigentes y personas sin hogar, de la calle y en la calle. Los olores fétidos a orines y excremento inundan el Zócalo y áreas circundantes en una de las ciudades más grandes y pobladas del mundo.

 

La limpieza de la ciudad se lleva a cabo de manera rutinaria durante gran parte de la noche. Cuadrillas de limpieza recogen la basura y lavan los pisos de una ciudad siempre en movimiento.

 

Mi asombro es igual o mayor al que tuve cuando viví en ella, hace más de 28 años —allá por Tlalpan y Xochimilco— en los estertores de una democracia menguada por el fraude del Salinato y sus operadores que aún perviven y se han enquistado en el actual gobierno federal.

 

Me correspondió participar y organizar un sinnúmero de acciones en contra del gobierno, siempre desde las bases de las colectividades, presentando acciones comunes que beneficiaran a todos por igual, en consulta ciudadana, con respeto a la libre determinación de las agrupaciones organizadas.

 

Intento dormir. Muy cercano a mi cabecera descansan en tiendas —casuchas de cartón improvisadas— un sinnúmero de personas que no cuentan en los esfuerzos de la ciudad capital en su afán por ubicarse entre las urbes más desarrolladas.

 

Las personas desalineadas, sucias y malolientes no son consideradas en las estadísticas de los votos ni de los apoyos que a través de los diversos programas del Gobierno de la Ciudad o del Gobierno Federal son anunciadas con bombo y platillos en los medios digitales. Es el México oculto de Bonfil Batalla, es el México negado y anegado. Quizá sólo cuenten para las estadísticas de incidencias delictivas.

 

Entonces escucho el lamento tenebroso, lúgubre —doy por sentado de que estoy cansado y que la jornada del día ha sido muy pesada— percibo  el sollozo de quien perdiera a sus hijos en antaño, a la mismísima Llorona.

 

La oigo cercana, pero probablemente sea el resultado del correr de un lado a otro, en una ciudad que desconozco y que me desconoce, en una ciudad estresante en sí misma, con sus olores fétidos, con sus protestas infinitas. El sollozo se prolonga por varias cuadras, en las inmediaciones del Palacio Nacional, en donde reside el Poder Ejecutivo y vecino del palacio del Poder Judicial.

 

Si bien el Zócalo está libre de vendedores ambulantes y se respira la seguridad —inseguridad—, en cada esquina, con más de tres oficiales que se aglutinan en grupo —para perder el tiempo, compartir vídeos subidos de color, enviar un mensaje vía chat—, los cuerpos del orden son indiferentes a los ciudadanos que pasan junto a los cuerpos de seguridad y están enajenados en las problemáticas de una de las ciudades más inseguras del mundo.

 

La ciudad me recibe a muy temprana hora, antes del amanecer. Solicito el transporte vía aplicación móvil, verifico el precio, mucho más barato que en Tijuana, por el mismo recorrido, a mayor oferta, menor costo.

 

El conductor trasnochado por el desvelo y el trabajo intenta hacerme plática, pretende ganarle al tráfico que a cada minuto se vuelve más intenso. Circula en un carril exclusivo del transporte público de la Ciudad. Ante tal infracción al reglamento de tránsito de la CDMX surge como aparición de inframundo un grupúsculo de oficiales —que prestos a la mordida— se apersonan ante el conductor —que nervioso— reconoce la infracción y da por supuesto que el costo será muy alto, tanto en el regateo como con el efectivo.

 

Mis hijas me acompañan y me miran incrédulas, —ya en otra visita a la ciudad capital sucedió lo mismo— placas foráneas constituye carne fresca para quienes acechan en cada esquina esperando al conductor desprevenido o desconocedor de las vialidades capitalinas, sus flujos y contraflujos.

 

Los agentes de tránsito están a la espera, al acecho del billete fácil y bienintencionado de los infractores que —generosos— se entregan en cuerpo y alma a su sino, y depositan, entre licencia y tarjeta de circulación, el billete redentor —que complaciente—  acaricia las tersas manos oficiales que —en cuestión de minutos— y en actitud de “perdona vidas” aceptan la dádiva que pasará a engrosar la cuenta de agentes y mandos, y muy probablemente también hinchar las cuentas de las autoridades de alto nivel en la CDMX.

 

No atino a expresar nada ante la falta moral, ética y penal del hecho delictivo a quienes me acompañan. Como estudiantes de preparatoria, se les ha remarcado hasta el cansancio sobre la rectitud y el “ethos”, la “mors”,  el derecho y el tipo penal.

 

¿Qué debo y puedo expresar ante la cotidiana realidad que enfrentan los ciudadanos en un país sumergido y hastiado por la corrupción? Ante una realidad que ellas enfrentarán de manera consuetudinaria hasta el desaliento.

 

¿Será consciente la Jefa de la Ciudad, Claudia Sheinbaum Pardo, de las tropelías de sus cuerpos de oficiales? ¿Será responsable la titular del poder ejecutivo del estado número treinta y dos, por omisión, en las corruptelas de sus oficiales de tránsito? ¿Recibirá parte de los dividendos producidos en una de las millares de esquinas a contraflujo de una ciudad viviente las veinticuatro horas del día?

 

Gobernar una ciudad en sus contrastes debe ser agotador para Sheinbaum Pardo y los menos de ciento diez mil pesos al mes no desquitan lo extenuante del trabajo como Jefa de Gobierno, ni lo justifican.

 

Lo doloroso de esta situación no es siquiera las horas de trabajo invertidos para conseguir el dinero y que a mano extendida se deposita en la cuenta sin fondo de la corrupción sino que constituye un peldaño en la cadena productiva de la putrefacción visible y aceptada como remedio ineludible en el andar del citadino.

 

¿Podrá el titular del Poder Ejecutivo Federal, Andrés Manuel López Obrador, barrer las escaleras de arriba hacia abajo para erradicar la corrupción en sus diversos niveles? ¿Se antoja imposible en el discurso —que parece sonsonete propagandístico— discordante con la realidad del mexicano de a pie?

 

¿Será imposible responder a las demandas de seguridad y transparencia de la ciudadanía en general y no de un solo individuo que solloza y clama por seguridad al responsabilizar al Presidente de la República de lo que le suceda en su integridad y a la de su familia?

 

¿Será más importante Jirafifí, la cultura, nuestro propio Central Park —Chapultepec, Los Pinos— y sus envalentonados y engreídos funcionarios de la Secretaría de Cultura que cuidan, cuan Cancerbero, el orden en lo que fuera la Residencia Oficial de los Pinos?

 

Concluyo. Los ciudadanos que enfrentan una delincuencia organizada cada vez más atroz, inhumana, despiadada y cruel también requieren un cuerpo de seguridad que vigile por ellos, no solamente FOX, no sólo Calderón.

 

La Llorona todavía tiene un buen trecho que recorrer, no sólo los diez metros que separan al Palacio de Justicia del Poder Ejecutivo, porque no se trata de distancias, se trata de justicia en igualdad de circunstancias.

 

Regresaré…

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