Transiciones || Por Víctor Alejandro Espinoza

Escrutinio público

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Escrutinio público

 

Hasta hace muy poco tiempo los académicos escribíamos textos para el consumo de los pares, es decir, solo otros académicos los llegaban a conocer. Incluso quienes nos dedicamos profesionalmente a las ciencias sociales y que por lo mismo hubiéramos podido estar al alcance de un mayor número de lectores, no pasábamos del anonimato. Desarrollamos productos de investigación que eran publicados en libros o revistas de universidades y centros de investigación que no llegaban a ser conocidos fuera de esos ámbitos.

La misma divulgación de la ciencia se daba a través de algunas revistas que llegaban a un pequeño círculo de lectores. Eso llevaba a participar muy limitadamente en el llamado debate público. Pocos muy pocos empezaron a publicar en periódicos nacionales y en los que  el pensamiento crítico empezaba a salir a la superficie.

Fueron solo algunos periódicos que nacieron en los años ochenta que ayudaron a impulsar la reflexión social y política. De manera precisa puedo señalar al UnomásUno y La Jornada; surgieron suplementos, lo mismo que algunas revistas de corte cultural, que ayudaron a abrir brecha en la deliberación pública. Sin embargo, los esfuerzos eran muy localizados y concentrados en la capital del país.

El panorama de los medios electrónicos de comunicación era más cerrado aún. Dos monopolies controlaban la television y la radio. La censura primero y la autocensura después era el filtro con el que se analizaban los asuntos públicos. Desde esos medios se adoctrinaba a los mexicanos, con lo cual la deliberación era imposible. Durante el largo periodo autoritario, las ciencias sociales en México fueron marginales y semiclandestinas. Las principales discusiones sobre asuntos públicos y las transformaciones de la democracia, así como sobre los enfoques gubernamentales, tuvieron lugar en otras latitudes.

Aún en esas condiciones de marginalidad, empezaron a escribirse artículos, ensayos y libros de buen nivel y con un espíritu crítico hacia el autoritarismo. Los jóvenes de los años ochenta y noventa fuimos descubriendo una literatura formativa de buena calidad y profundidad.

Pero también en esas décadas terminó imponiéndose un modelo neoliberal impulsado desde el gobierno por aquellos tecnócratas que llegaron al poder y que se habían formado preferentemente en universidades tradicionales norteamericanas. El conservadurismo fue compartido por las nuevas élites gobernantes del PRI y del PAN. El enfoque de la nueva gerencia pública como biblia tecnocrática.

Ese cambio coincidió con el crecimiento de Internet y de las redes sociales. La revolución tecnológica dio un vuelco en la comunicación social. La horizontalidad de la información permitió ampliar los contenidos y hacer frente a los grandes monopolizadores y al control de la comunicación. Poco a poco, los investigadores pudimos salir del anonimato y difundir a un público más amplio nuestras reflexiones. Pero esa apertura es de doble filo. Muchos que comulgan con la ideología conservadora han quedado al descubierto por los juicios vertidos cotidianamente en sus redes. Otros, son evidenciados a través de videos de comentarios hechos en eventos públicos o como comentaristas invitados en medios. La academia ahora se encuentra bajo el escrutinio público.

Eso nos permite valorar el trabajo de los colegas y saber de sus jugosos negocios. Otros, que habían pasado por progresistas o liberales, hoy muestran su virulencia conservadora y retrógrada. Insisto, el anonimato les permitía navegar con bandera de demócratas e intelectuales de avanzada. Nada de eso, las redes los visibilizaron y se encuentran ahora bajo el escrutinio público. Las redes sociales son valiosas en ese sentido aunque también sirvan para denostar o para divulgar noticias falsas (Fake News). Preferible conocer la verdad y desnudar a los impostores intelectuales.

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