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Transiciones || Por Víctor Alejandro Espinoza

Echar a andar

Echar a andar

                         

El presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha dicho en reiteradas ocasiones que se requiere tiempo para poder “echar a andar el gobierno”. Esto significa que desde su punto de vista la índole de problemas que aquejan a la administración pública es de tal magnitud que la mantienen paralizada. Un desastre gubernamental fue el que encontraron quienes asumieron el cargo a partir del 1 de diciembre.

En el diagnóstico destaca que el principal problema del gobierno es la corrupción. Nos dice AMLO que a todos los niveles de la administración se encuentra corroída por los malos manejos y corruptelas de los funcionarios. Es el aceite que corre por las cañerías gubernamentales. Se trata de la forma de operar del sistema gubernamental, por eso es muy difícil escapar a la lógica de la transa.

Podemos irnos por ámbitos (federal, estatal o municipal) o áreas y niveles administrativos: todo funciona con base en lo que podemos llamar hacer “negocios privados en la función pública”. Un cáncer que le cuesta al país cuantiosos recursos. Cuando pongo el ejemplo del sector científico y algunos otros que ilustran el tema de la corrupción, no pocas personas me responden “como puede ser posible que en instituciones académicas sucedan esas cosas”.

Por ejemplo, la semana pasada nos enteramos que la anterior administración de Conacyt encabezada por Enrique Cabrero habría transferido recursos por 50 mil millones de pesos a empresas privadas nacionales y del extranjero a través de sus convocatorias. Eso sí, todo aparentemente dentro de la ley, pues los programas de donde salían los recursos eran públicos, es decir, la extracción de recursos públicos estaba perfectamente normalizada. Enrique Cabrero, que pensaba perpetuarse en el control de Conacyt, pretendió dar un albazo y hacia el final del sexenio pasado propuso una Ley de Ciencia y Tecnología que le daría el poder transexenal a él y a su grupo. Por fortuna, la movilización de la comunidad académica impidió esa aberración “legal”.

Una de las formas de operación de los grupos que controlan los recursos de ciencia y tecnología es perpetuarse en la dirección de los centros que integran el llamado sistema Conacyt. En primer lugar, a través de una absurda normatividad que permite la ratificación en el máximo cargo después de un periodo de cinco años. De manera que la mayoría de los directores de centro se entronizan en el puesto por diez años. Una verdadera desmesura. Pero además, algunos dirigen primero un centro y se pasan a otro. De tal manera que llegan a ser directivos hasta por dos décadas. Eso explica las fortunas que han amasado.

Otro ejemplo es el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) creado en 1984 para paliar los efectos de la crisis económica, claro que con excepciones, pero es común que a investigadores sin trayectoria les asignen las máximas categorías, las que además son las que otorgan mayores apoyos económicos. Hay personajes públicos que merced a sus relaciones han sido beneficiados: puedo mencionar a un economista comentócrata que obtuvo el máximo nivel sin méritos académicos, solo por estar emparentado políticamente con un ex director general de Conacyt.

Resulta muy difícil echar a andar un gobierno totalmente infestado por la corrupción y el tráfico de influencias. Los cimientos se encuentran corroídos y amenazan cualquier intento por aplicar terapias para que se pueda poner de pie. Un claro ejemplo es el combate al huachicoleo en Pemex. La oposición a un negocio que dejaba multimillonarias ganancias es comprensible. No será nada fácil y parece una lucha contra el tiempo. Las reacciones pueden ser de tal magnitud para tratar de frenar las acciones del nuevo gobierno. Y ese es solo uno de los múltiples frentes que habrán de abrirse. El huachicoleo de cuello blanco es igual de peligroso y sus reacciones virulentas. Estamos hablando de los negocios exhorbitantes de una clase política y empresarial que está dispuesta a dar la batalla. Y claro, contando con el apoyo de buena parte de quienes controlan los medios de comunicación tradicionales y de sus empleados que desde sus columnas y programas de radio y televisión denostan los esfuerzos del nuevo gobierno. Esto apenas empieza.

 

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