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Transiciones || Por Víctor Alejandro Espinoza

Un modelo ideológico

Un modelo ideológico

Este lunes 3 de diciembre tanto en su columna del periódico Excélsior como en Frontera, el comentarista Leo Zuckerman publica un artículo titulado “En defensa del neoliberalismo”. Se trata de una apología ideológica del modelo económico. Lo dice con todas sus letras “Hoy, más que nunca, hay que salir a defender un proyecto ideológico que está siendo atacado desde la Presidencia con argumentos falsos, simplistas y maniqueos”.

Una de las cosas que sí le reconozco a Zukerman es que se trata quizás del único de los comentócratas mexicanos que reivindica abiertamente su militancia neoliberal. El resto lo trata de esconder autodefiniéndose como liberales. Pero estos llamados liberales de hoy en realidad son conservadores: reivindican exáctamente lo que defiende Zuckerman: un modelo ideológico sustentado en el libre mercado; mejor aún, sin Estado, autoregulado por la oferta y la demanda.

En realidad, la vieja división del siglo XIX entre liberales y conservadores perdura: los conservadores de hoy son los neoliberales que impusieron su visión y la instrumentaron como gobierno a partir de la presidencia de Miguel de la Madrid en 1982. En cambio, los liberales de hoy reivindican un modelo basado en el libre mercado pero regulado por un Estado que garantice que la apropiación privada de capital no destruya el tejido social y propicie la polarización social y económica. De tal manera que el modelo neoliberal ha sido el proyecto impulsado en México por los últimos seis presidentes de la República. Durante 36 años, la política nacional se ha basado en la instrumentación de un proyecto privatizador excluyente de la participación del Estado y de la sociedad con capacidad de decisión. Ese modelo, que postula que el mercado se autoregula y que toda intervención gubernamental lo distorsiona, nos condujo a la mayor pauperización social de la historia. La mitad de la población vive hoy en pobreza.

Casualmente quienes postulan la superioridad del modelo neoliberal (contra otras visiones, por ejemplo, el modelo socialdemócrata que reivindica la intervención del Estado), y sostienen la necesidad del desmantelamiento del aparato gubernamental; se ubican en el espectro ideológico de la derecha. Son conservadores que no admiten las distorsiones de su modelo; lo que fallan son los hombres que lo instrumentan.

En los años ochenta, la oleada neoliberal a nivel internacional fue lidereada por presidentes como Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Se convirtieron en los apóstoles del modelo de exclusión estatal. Sin embargo, estudiosos como Ludolfo Paramio demostraron que ni siquiera en Gran Bretaña o en Estados Unidos era posible “saltar sin red”, es decir, que el modelo que impulsaron no pudo prescindir de la intervención gubernamental. Había actividades de regulación y de atención que la iniciativa privada no estaba dispuesta o no podía realizar, por ejemplo, la seguridad social, y de manera especial las políticas de salud. Paramio demostró que el discurso era simplemente ideológico y que ninguna sociedad sobreviviría sin Estado.

Para Zuckerman el problema fue la tibieza en la aplicación del modelo, de ninguna manera cuestiona la naturaleza del mismo: “Desde mi punto de vista, el gran error del neoliberalismo mexicano fue no ser más agresivo en la apertura económica. Mientras que se abrieron grandes sectores a la economía de mercado, otras actividades prioritarias se mantuvieron cerradas. Prevalecieron monopolios (públicos y privados), así como oligopolios en diversos sectores estratégicos”. Me sorprende la candidez del autor. Sostiene que el modelo falló porque no se instrumentó de manera más radical. De ahí su oposición a la llegada de un gobierno que impulse un modelo diferente al que hemos tenido durante los últimos 36 años. Reivindica el continuismo, la conservación del sistema y por ende, los privilegios para las oligarquías económicas que se han beneficiado durante casi cuatro décadas. Para él el capitalismo salvaje es la solución para los problemas de las sociedades modernas. Sus limitaciones intelectuales son tan evidentes como las de quienes lo contratan para conducir programas de televisión o para emitir comentarios en los medios. Es una voz interesada en que nada cambie. Por eso su desazón ante el triunfo de Andrés Manuel López Obrador.

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