Diario digital, con noticias de Tijuana y su región metropolitana

La Ruta Hacia El Bienestar || Por Jesús Monje Benítez

A menor ignorancia, mayor tolerancia.

Caso 1: El paisano

 

Era un día domingo, me encontraba en el consultorio dando consulta, en la ciudad de Tijuana, cuando de pronto entró un señor de aproximadamente 47 años de edad, no le acompañaba ningún familiar.

El motivo de su consulta era un dolor crónico en algunas articulaciones de sus brazos, más para ser breve, una vez que realicé el diagnóstico y le indiqué el tratamiento y los cuidados a seguir, el paciente observó en la pared mi título profesional.

— ¿Es usted de Guerrero? — me preguntó muy interesado y afirmativamente respondí.
— Oh! Entonces somos paisanos, ya que yo también soy de ese estado— dijo entusiasmado.

Desde ese momento él siempre se refería a mi persona como “mi doctor paisano” y con gran entusiasmo y orgullo.

El “paisano” acudía cada 14 días al consultorio, trabajaba en los E.U.A. y cruzaba cada 2 semanas.
Los motivos de consulta iban variando, y en muchas de las visitas le acompañaba su esposa, ambos siempre se mostraban agradecidos es sus palabras, en ocasiones comentaban:
— Habíamos ido con muchos médicos y sólo nos hacían dar vueltas, pero con usted si nos hace provecho la medicina, por eso seguimos viniendo y recomendándolo con los familiares.

En fin, muy contentos ellos llenos de confianza en su médico y orgullosos de aquella relación médico-paciente que poco a poco se mostraba más amistosa.

Un día llegó “el paisano” al consultorio sin su esposa, el motivo de la visita eran algunas molestias derivadas de una moderada infección bacteriana, y posterior a revisar e interrogar, le expliqué el diagnóstico y la necesidad de incluir un antibiótico oral en el tratamiento, para lo cual siempre pregunto a mis pacientes si tienen algún tipo de alergia o reacción a medicamentos, a lo que me respondió el paisano que no. Casualmente, esa misma mañana yo me encontraba tomando el mismo antibiótico que le estaba recetando a él, quien salió muy complacido del consultorio.

 

Al siguiente día viajé fuera del estado a una región del país donde mi teléfono no recibía señal, por lo que lo mantuve apagado toda la semana. Al regresar y cumplir 2 semanas desde la última vez que nos vimos con el paisano, él y su esposa llegaron al consultorio muy molestos, la señora mi abordó rápidamente sin ningún saludo previo…

— ¡Usted quería matar a mi marido! —Me dijo enojada.
— Ahora sí se pasó doctor, me jodió en serio y ni las llamadas respondió. —A la par decía el paisano.

Y así durante 10 minutos escuché acusaciones y reclamos agresivos, pues resultó que el medicamento recetado le causó ulceraciones en la lengua, paladar, encías y piel de varias regiones de su cuerpo.

 

Nunca había visto semejante reacción en alguno de mis pacientes. Intenté explicarles que todos los medicamentos conllevan efectos secundarios de leves a intensos, pero no era posible saber quiénes reaccionarán, ni en qué forma. Pero no iban por una explicación, sólo tenían el pendiente de desahogarse y liberar su enojo hacía quien ellos consideraban como único culpable.

Esa fue la última vez que acudieron al consultorio.

 

Pero es aquí justamente donde inicia la lección, mientras personas como este pacientes acusan y juzgan, incluso suelen amenazar fácilmente al médico que les procuró atención y revisión, creyendo que esté tipo de sucesos se debe a la ignorancia del profesionista, o bien por una intención firme y planeada de dañarles por alguna razón oculta, desde luego que no es así.

 

Si mantuviéramos una dirección que busca culpables, recordarán que yo le había preguntado al paciente si tenía reacción a algún medicamento y este me aseguró que “no”, entonces, ¿podemos asegurar que el paisano mintió por alguna razón perversa?

 

Desde luego que no, cómo podría saberlo, estas situaciones no se solucionan buscando culpables, sino tomando medidas preventivas y aceptando la responsabilidad como individuos sobre la ingesta de sustancias químicas como los fármacos, pues toda sustancia química que consumimos o a las que nos exponemos diariamente, tienen un efecto en nuestro organismo, aunque la mayoría de la veces nuestro cuerpo logra controlar las reacciones, no siempre lo logra.

 

Aun cuando un médico conoce los mecanismos de acción y los efectos bioquímicos o fisiológicos de los medicamentos (farmacodinamia), y también la forma en que el cuerpo procesa dicho medicamento o sustancia (farmacocinética), el paciente tiene la principal responsabilidad sobre su propia salud y comparte la de aceptar usar el tratamiento prescrito por el médico, el cuál toma una decisión a partir de un diagnóstico obtenido y posterior a evaluar una relación “RIESGO/BENEFICIO”
del tratamiento, donde concluye que el beneficio es mayor al riesgo, en miras de favorecer la recuperación y alivio a su malestar.

 

Pero aún con todo lo anterior, las personas/pacientes deben aprender lo más posible sobre su organismo, conocer por ejemplo, que el ambiente químico interno cambia a partir de la ingesta de alimentos, de otros medicamentos, de las emociones que vivimos, de las enfermedades subyacentes que acarreamos a veces sin saberlo, y sobre todo, que un medicamento o sustancia química cualquier puede ser bien tolerado en alguna época y en otra posterior causar efectos adversos y efectos distintos.

Ya lo dice el aforismo griego, “conócete a ti mismo”, y más cuando acostumbres apoyarte en otros y juzgar indiscriminadamente

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