LA NOCHE DE LOS NAHUALES || Benjamín M. Ramírez

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SAN ROMERO DE AMÉRICA: Pastor y mártir nuestro.

 

Pensar en América es pensar en los millones de pobres que agobiados por la desesperanza no tienen más remedio que recurrir al amparo del cielo que los cobija y los libera. Y, al mismo tiempo, en la muerte ineludible que supone el remedio como solución única a todos sus problemas.

 

Pensar en los pobres lleva inevitablemente a cuestionar las políticas públicas aplicadas como placebos a las grandes problemáticas en las que subyacen las masas aglutinadas en los cinturones de miseria en las periferias de las grandes ciudades, en los poblados más remotos.

 

Aunado a la pobreza siempre va de la mano la injusticia.

 

Es en el marco de su actividad pastoral, —ya consagrado como Arzobispo de San Salvador—, en donde Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, —y ante el asesinato de su amigo, el sacerdote Rutilio Grande—, cuando cambia radicalmente las expectativas que la clase gobernante esperaba y preveía en su persona para conducir a la iglesia salvadoreña, sin alterar la política de represión llevada a cabo por la junta militar.

 

Es el martirio del sacerdote jesuita, Rutilio Grande, el que le da sentido y vocación de pastor y profeta defensor del pueblo. Monseñor Romero fue muerto por el disparo de una bala calibre 25, expansiva y explosiva, dirigido directo al corazón que le provocó una hemorragia profunda mientras celebraba la Eucaristía.

 

El verdadero profeta está condenado a ofrecer su vida en el martirio, en oblación.

 

Las diferencias profundas entre el Vaticano y el arzobispo Romero matizaron el aislamiento al que fue confinado el pastor y defensor de los pobres quien denunciaba las graves violaciones a los derechos humanos, las desapariciones forzadas y el asesinato en masa, principalmente de gente campesina.

 

La curia romana no pudo comprender la lucha de una iglesia volcada a favor de los pobres. El evangelio y la fe provocan a pelear por la justicia y la igualdad frente a una clase dominante y opulenta que veía en la lucha de izquierda y de la propagación de la Teología de la Liberación, en auge, un peligro a su status quo.

 

Así lo comprendió San Óscar Arnulfo Romero, desde las raíces de una lectura del evangelio, que siguiendo su propio Gólgota, se unió al martirio del pueblo Salvadoreño, demostrando con ello que el pastor da la vida por sus ovejas.

 

El pastor monseñor Romero comprendió el llamado de Jesús crucificado en el pueblo salvadoreño a luchar por los que no tienen voz y alzar la voz profética que anuncia la Buena Nueva y denunciar las injusticias cometidas en contra de las más desfavorecidos.

 

Comprender el martirio de monseñor Romero —hoy convertido en santo— significa que el verdadero cristiano debe apostar por la justicia y la igualdad, luchar por estas condiciones mínimas de la persona aunque en ello vaya la vida, la seguridad y la garantía de no fastidiar los intereses de los grandes capitales.

 

La iglesia debe esperar que el martirio de más de ochenta mil muertos en una década de guerra civil, representado en San Óscar Arnulfo Romero, redunde una lluvia de bendiciones, en el atormentado pueblo salvadoreño que aún sufre por las laceraciones de la violencia, de la desigualdad y la injusticia.

 

Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño, había dicho en innumerables ocasiones San Romero de América, ante las continuas amenazas del que era objeto, y rechazando al mismo tiempo, la protección brindada por la dictadura militar.

 

El mensaje del mártir de San Salvador apremia a la iglesia que, acomodada en su quietud, en una prédica sosa de kermesse y fiestas patronales, se olvida del pueblo que sufre con un sinnúmero de clavos con los que son crucificados los pies y manos del Jesús, llamado el Cristo.

 

Ya lo dice el cántico:

 

Dolorosa, de pie junto a la cruz, tú conoces nuestras penas, penas de un pueblo que sufre […]

 

[…] Dolor de los cuerpos que sufren enfermos, el hambre de gentes que no tienen pan, silencio de  aquellos que callan por miedo, la pena del triste que está en soledad.

 

[…] El drama del hombre que fue marginado, tragedia de niños que ignoran reír, la burda comedia de huecas promesas,  la farsa de muertos que deben vivir.

 

[…] Dolor en los hombros sin freno oprimidos, cansancio de brazos en lucha sin fin, cerebros lavados a base de slogans, el rictus amargo del pobre infeliz.

 

[…] El llanto de aquellos que suman fracasos, la cruz del soldado que mata el amor, pobreza de muchos sin libro en las manos, derechos del hombre truncados en flor.

 

Hoy el Salvador está de fiesta y con ella todo el continente americano que ve en la muerte de uno de los suyos, la muestra clara de que vale la pena creer y luchar por los ideales evangélicos desde la trinchera que cada cristiano le ha tocado defender.

 

La iglesia entera está llamada a una opción preferencial por los pobres. Lejos de ellos, se perfila como una institución que responde a los deseos de los poderosos, de los grandes capitales y cómplice ante el dolor que provoca el neoliberalismo a ultranza que despoja de lo más elemental a los seres humanos, el deseo de vivir y ser feliz.

 

Necesitamos una iglesia comprometida con los más desfavorecidos, capaz de alzar la voz por los que no tienen voz.

 

Hoy necesitamos más obispos como San Óscar Arnulfo Romero, Pastor y Mártir Nuestro.

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