Ayuntamiento en alquiler.  Espionaje a la mexicana. Comercio informal.

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LA NOCHE DE LOS NAHUALES

Benjamín M. Ramírez

Él era director de tránsito y transporte en la ciudad porteña. Capitán, según sus insignias militares.

 

  • Te estás metiendo con sus agentes —me vociferó una compañera periodista avezada en años.

 

El otro, alcalde de una ciudad petrolera, de las pocas que hay en el país.

 

Con el primero, la amenaza llegó suave, leve, meticulosa, catapultada en cada sílaba pronunciada. Recién tomaba mi primer trabajo periodístico.

 

  • Ya tiene varios muertitos. Ten cuidado.

 

Y con el segundo, esperó el momento en el mercado popular asentado junto al río. Yo no había terminado de ordenar el almuerzo cuando empezó el operativo en contra de los vendedores ambulantes.

 

Todos ellos, gente de origen humilde y de rasgos nativos. Vendían a cuenta gotas sus productos de temporada, que ofertaban bajo el inclemente y abrasador sol de verano. Era inevitable quedarnos quietos. Tenté la espalda de mi compañera de aventuras. Aguerrida, se lanzó como catapulta. Tendríamos la nota del día.

 

Cámara en manos empezamos a disparar para capturar lo ignominioso del operativo. Vi a una abuelita, con sus ropas roídas, y su canasta en la cabeza, correr con todo lo que le permitían su edad, su fortaleza y sus cansados pies. Sus escasos y pesados productos del campo, cuando el policía municipal aventara —canasta y humanidad— rodaron por la banqueta.

 

Nunca podré olvidar esa mirada que me reclamaba auxilio y protección. Mi colega corría tras el agente del orden que perseguía a otra mujer. La policía —en horda— la cercó.

 

Entonces cayeron los primeros golpes sobre la indefensa humanidad concentrada en menos de 55 kilos. Llovieron los toletazos, los escupitajos y las patadas en el indefenso y escuálido cuerpo. Probablemente el momento pudo haber sido captado por la cámara de mi desventurada compañera.

 

Exigí que las dejaran. Entonces, como por arte de magia, los gendarmes repararon en nuestra osadía. Ellos y nosotros nos quedamos anonadados, patidifusos y perplejos. Evidenciados y amenazados por dos primerizos en el albur periodístico.

 

Corrimos, ellos y nosotros. Unos tras de otros. Unos más que otros. Tropecé y mi colega lanzó un bufido. De algo serviría ser los perseguidos.

 

De momento dejaron de lado a los vendedores ambulantes apostados a escasas cuadras del palacio municipal. Cámara y reportero rodaron. La primera se hizo añicos. Un policía reparó en ella y abrió el compartimiento de la misma, veló el rollo y arrojó con fuerza lo poco que quedaba de esa inseparable máquina a un lado de la calle.

 

  • ¡Te vamos a partir la m=&%$/…! —espetó uno.

 

Mi colega había alcanzado unos metros más adelante. Si me golpearon lo ignoro. Sólo sé que el forcejeó duró algunos minutos. Ellos, en su intentona de detenerme y yo, con mis vanos esfuerzos en querer identificarme.

 

  • ¡No saben con quién se están metiendo!
  • ¡Son órdenes del jefe! ¿Acaso no lo entiendes? ¡Te vamos a romper la m%$#”?…!

 

Mi compañera de plumas fue detenida metros más adelante. Le decomisaron cámara y rollo fotográfico. La dejaron ir. Sin saber —cómo ni cuándo— estaba junto a ella. Nos dirigimos calle abajo, por la avenida Hidalgo. Era necesario poner río de por medio. El caudaloso río Coatzacoalcos fue nuestra salvación momentánea.

 

Luego, los “valientes” policías se lanzaron a levantar a cuanto comerciante ambulante encontraran en las calles. Queso, longaniza, chorizo, totopos y todo aquello que tuviera un valor comercial era arrojado a las patrullas empleadas en el operativo. Lo decomisado se almacenaba en la oficina del regidor de comercio de aquellos tiempos. Él puede presumir, hoy, ser un “negociador” con mayor rango a nivel federal.

 

Entonces llovieron las muestras solidarias de los compañeros del medio: radio, prensa y televisión. Los espacios, las tribunas, entrevistas…

 

Asesoría legal de por medio, acudimos a la Agencia del Ministerio Público del Fuero Común a interponer nuestra denuncia por daños, robo, lesiones y lo que resultara. Ignoro si era la primera denuncia en todo el estado en contra de un poderoso alcalde emanado de las filas del aún pujante sindicato petrolero.

 

  • Él ya tiene varios cadáveres sobre su espalda. Acercaron, una vez más, una amenaza velada sobre nosotros, los periodistas afectados.

 

La secretaria del MP que asentó nuestra declaración sólo esbozaba una risita burlona. A cada expresión verbal que escuchaba hacía que la repitiéramos una y otra vez.

 

  • No escucho, —argumentaba. ¿Quién? ¿Qué? —Preguntaba, una y otra vez.

 

Al poco rato atendió una llamada. Hizo que esperáramos más de una hora. Decidimos dar por concluida la denuncia. Seríamos llamados a ratificar. Nos dirigimos a nuestra casa editora. Llovió el golpeteo sobre el alcalde que no quería firmar algunos convenios periodísticos.

 

La denuncia interpuesta no prosperó. El alcalde acordó firmar algunos contratos por varios miles de pesos. Medio y gobierno local se beneficiaron, a costa de los golpes, a costa de las vejaciones de unos aprendices del periodismo.

 

  • ¿Los campesinos? No. Los campesinos no los representaba nadie. Los pobres no son temas de interés. —Ni representan nada—. Nadie aún los escucha. Nadie atiende sus demandas ni se solidariza con su pobreza. El desdichado aún muere por cosas irrisorias. Muere de diarrea, de desnutrición, por fiebre, un “empacho”, “mal de ojo” o brujería, muere en su ignorancia, en su  infortunio, de hambre y de sed… de justicia.

 

Quiero que comprenda, estimado lector, que el problema del comercio informal se reduce a una compleja y desatendida problemática relegada —a modo— por todos los niveles de gobierno.

 

El problema del comercio ambulante se da bajo el consentimiento y conocimiento de la autoridad en turno. En su diversidad, el enmarañado y espinoso asunto, en este tenor, cuenta con la complicidad y el beneplácito de quien gobierna —debe existir algún beneficio de por medio— cuotas gremiales, partidistas o fuerza de choque, y es más que evidente.

 

¿Quién se lleva los dineros que recaudan los que cobran por un metro de banqueta?

 

No hablo del comerciante en la vía pública. Si las autoridades en realidad quisieran regularla, a fondo, lo harían —con todo— presentarían un sistema de leyes que alguien habría de brincársela.

 

En este y otros asuntos, mientras “dispares” hacia arriba te puedes permitir todo.

 

En otro orden de ideas, los expertos en finanzas aseguran que es mejor comprar que rentar. La idea nace con el propósito de un gobierno que pretende ser un ayuntamiento arrendatario en el falso concepto de que el ayuntamiento de Tijuana puede y debe solicitar en renta: camiones de basura, luminarias, patrullas….

 

Si el señor Gastélum anda en ánimos de inquilino le propongo solicitar en renta: alcalde, síndico, regidores, secretarias, asesores… en la misma línea de que “si se renta es menos costoso”. Y provechoso, si se beneficia al círculo de amigos o se cumplen los compromisos asumidos con los que financiaron la campaña.

 

La idea no debe desecharse. Es más, en un acuerdo de cabildo, puede darse el seguimiento adecuado.

 

Es más, habría ciudadanos que —sin necesidad del oneroso sistema de votación para elegir a quien nos gobierne— pueden apersonarse, sin cobrar renta, para brindar el servicio de la administración pública de forma honoraria. Lo mismo podría aplicarse en los otros niveles de gobierno.

 

Problema aparte, es necesario reconocer que el 92% de la ciudadanía se siente insegura, que Tijuana ocupa el segundo lugar en niveles de inflación del país, que en el mes de mayo se registraron 637 homicidios. No hay nada de que presumir en foros internacionales.

 

El alcalde debe comprender que ya no está en campaña: “Haremos de Tijuana la mejor ciudad del país”… Cumplir sin lanzar una promesa más. El reto debe ser enorme y es necesario estar a la altura de las circunstancias.

 

No le vaya a suceder a mi buen estimado Gastélum —como a mi amigo Juan— que por querer comprar gas tuvo que vender la “mina”.

 

Respecto al escándalo del espionaje en nuestro país sólo puedo adelantar unas cuantas líneas. El mexicano es un espía por naturaleza. Se le da. Le gusta enterarse y entrometerse en la vida privada del otro. Le causa placer.

 

Desde los tiempos del esplendor del imperio azteca, se contaba ya, con un sofisticado “software” de espionaje y una compleja red de información y de servicios de inteligencia, de tal modo —por contar sólo una muestra— Moctezuma podría desayunar pescados frescos del Golfo de México.

 

Si el imperio logró tal magnificencia fue gracias a que se le nutría de la información pertinente para tener todo bajo control, a la manera de la novela de David Baldacci: “Control Total” o en su defecto, “Enemigo Público” y —sí eso no le gusta— “Personas interesantes”.

 

Cuídese de su Smart TV.

 

Así, las acusaciones en contra del gobierno federal resultan irrisorias. Por un lado, el titular del ejecutivo reconoce que existe la tecnología y que están en manos de determinados sectores gubernamentales y que se aplica para cuestiones de seguridad nacional o en el combate al crimen organizado. En los resultados esto no se refleja de una forma perentoria.

 

No es necesario recalcar que todas las organizaciones e instituciones públicas y privadas están infiltradas: partidos políticos, ONG´S, universidades, agrupaciones religiosas, campesinas, sindicatos, medios de comunicación, todo aquello que implique reunión de ciudadanos honestos son de relevancia en Seguridad Nacional, porque el gobierno no acepta competencia.

 

“He ordenado a la PGR que realice las indagatorias necesarias (…)”

El zorro investigando la muerte de la gallina.

 

 

CALDERO: el libro de Moreno Valle o del “Escritor Fantasma”.

 

PÓCIMA: El titular de Hacienda ya anda en campaña.

Benjamín M. Ramírez.

Es profesor de Educación media Superior. Candidato a Maestro por la Universidad Pedagógica Nacional, UPN. Cuenta con una amplia trayectoria como profesor universitario. Ha sido profesor de Opinión Pública y Propaganda. Posee con una especialidad en Filosofía. Colabora esporádicamente en algunos medios regionales del sur de Veracruz. Ha sido corresponsal en Radio en su natal Veracruz. Es experto en temas electorales y propaganda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MEDIOS Y REDES SOCIALES

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  1. Esteban Eduardo dice

    Es cierto que se cumple una gran injusticia por parte del gobierno, sé que el comercio informal es incorrecto pero cuando el gobierno solo manda a los oficiales de policía a retirar de una manera tan brusca a las pobres personas que solo tratan de sobrevivir, se supone que todas las personas somos iguales y tenemos los mismos derechos pero al parecer a el gobierno no le interese ofrecerle cierta ayuda a las personas necesitadas en cambio prefieren solo ocasionar más problemas aun, lo único que logra es que todas las personas piensen mejor para la siguiente reelección a quien ay que elegir, el gobernante solo da falsas esperanzas y promesas vacías, tanto prometen mejorar la condición de Tijuana pero solo logran que todo empeore más de lo que ya estaba.

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