El valor de una vida

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-Buenas tardes hablo a ProvidAnimal?

-Así es señor buenas tardes.

-¿Oiga ustedes tienen un albergue verdad?… ¿Aceptan donaciones?

-¡Si claro, muchas gracias!.. Toda ayuda es bienvenida.

-¡Ah que bueno, fíjese que quiero donarle dos perros!

-Ah que caray, pues eso va a estar difícil amigo, estamos saturados como la mayoría de los albergues… ¿Y porque está buscando deshacerse de ellos? – Pues es que me voy a cambiar de casa y a donde voy no me dejan tener perros.

Mi mujer está embarazada, creció más de lo que esperaba, es muy travieso, no tengo tiempo para él, me mudo de ciudad, en fin, podría gastarme los renglones comprometidos enumerando cada una de las denotaciones de derrotismo que caracteriza al personaje cuando se pretende eximir una responsabilidad adquirida bajo la euforia que el poder adquisitivo del utilitarismo solapa.

La esencia del problema y más triste aún que el hecho del abandono, es la devaluación de la vida en sí; el humano que sigue pensando que solo la suya es manifiesto de valor verdadero, todo lo demás es prescindible, vacuo y reemplazable por ser inerte aunque un corazón palpite; la madurez e integridad moral implica una autoevaluación de conciencia y aceptación de que no somos responsables o aptos para que otra vida dependa de nosotros, con pesar y dignidad debemos aferrarnos a nuestra condición y no ceder al impulso de utilizar a un ser por el mero placer de saber que podemos hacerlo, una vida no se utiliza para complementar la soledad, enmendar una falla, proporcionarnos una alegría efímera o a terceros.

Manifestaciones del desprecio a la vida de un animal las tenemos a diario, en lo que comemos, en lo que vestimos, en lo que usamos para vernos y sentirnos bien, pero no nos vayamos tan a fondo en el debate, el desprecio está en cosas más sencillas que omitimos por completo, no protegerlos durante un paseo utilizando la correa, no comprender que son propensos a enfermedades y padecimientos similares a los nuestros, no brindar los cuidados paliativos correspondientes, no reparar el cerco que les confina a pesar de que ya se han salido varias veces y con certeza sabemos que un animal doméstico solo en la calles es una muerte segura, no darles el espacio adecuado o mezclarlos con perros más grandes o agresivos;  lo paradójico de las omisiones  resulta en como siempre las justificamos por tratarse solo de un animal, indigna realmente saber que el dolor de la pérdida no dura mucho por su condición de reemplazables, algunas veces entendemos, otras muchas solo damos vuelta a la página.

Muchos no encontrarán el vínculo tan estrecho entre la violencia social y el maltrato a los animales aun y cuando sea por omisión, pero sólo cuando comprendamos que una vida es una vida y el valor de quien la posee es inherente independientemente de la especie y nos hagamos verdaderamente responsables de preservarla, habremos ampliado nuestra visión de la compasión y nos dolerán las guerras aunque sean lejos, la muerte de un hijo aunque no sea propio y comenzaremos desde la insignificancia de nuestra individualidad a trabajar por la paz en lugar de solo anhelarla…. Solo entonces.



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